Siento una pena infinita
que brota del corazón
clavando dardos y espinas
sin piedad, sin compasión.
Mi tristeza es sin motivo,
mi congoja sin razón,
más yo presiento la muerte
tan cerca que da dolor.
No por mí, tú bien lo sabes, Señor,
es tan chiquillo,
es tan profundo su amor
que temo dejarlo sólo,
sin mi amparo,
sin mi pobre adoración.
¡Déjame vivir, Señor!
Para que un día ante ti
pueda decir sí, lo quiero.
Sin rubor y sin temor
pueda acariciar su rostro
tan querido para mí.
Mirar sus ojos tan dulces
tan serenos, tan así.
Después qué más me da ya morir.
Señor, te lo suplico,
déjame por él vivir.
Sé el primero en comentar